Empecé a estudiar piano a los siete años y a los quince ya me había titulado como profesor de solfeo y piano. La música ha sido toda mi vida: toqué en agrupaciones y canté como coreuta, incluso junto al tenor José Carreras.
Siempre fui curioso —necesito entender cómo funcionan las cosas—, y la guitarra me atrapó desde joven. Empecé a investigar cómo funcionaba por dentro, hasta que mi maestro de entonces, el músico uruguayo Eduardo Larbanois, al ver mis habilidades manuales y lo que ya había aprendido del instrumento, me sugirió formarme en construcción.
El primer día que entré al taller entendí que había encontrado el oficio al que quería dedicar el resto de mi vida.
El primer día que entré al taller de Marcos Labraga, mi primer maestro, entendí que había encontrado el oficio al que quería dedicar el resto de mi vida. Después seguí formándome con Abel García López en México y Joaquín Pierre en España. De cada uno aprendí algo distinto.
Lo que me mantiene en esto es el contacto con la madera, el análisis de las vibraciones, la búsqueda del sonido, y ajustar cada instrumento al requerimiento de quien lo va a tocar: una guitarra es la herramienta de trabajo de un músico, y tiene que sentirse suya.
En el camino descubrí algo más: que me gusta enseñar. Que quiero ofrecer el conocimiento que a mí tanto me costó encontrar. De ahí nace todo lo que comparto en mi formación.
Con los años he tenido el honor de construir instrumentos para grandes músicos que confiaron su sonido a mi trabajo. Eso es lo que hay detrás de cada guitarra que sale de mi taller: una vida dedicada a la música y la obsesión por hacer las cosas bien.